La búsqueda de la felicidad
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La búsqueda de la felicidad

Imagen de la felicidad Si creemos que la raíz de nuestra insatisfacción radica en la actitud o el comportamiento de nuestro cónyuge, usaremos estrategias coercitivas (como las amenazas sutiles o claras) para que cambie. Ante esta situación hay dos opciones malas: o el sometimiento al otro o la devolución de la agresión y el inicio de una espiral de conflictos. Pero hay otra alternativa: asumir la parte de responsabilidad que uno tiene y buscar la complicidad y colaboración de la pareja en busca de un mayor nivel de satisfacción de ambos.

Si a lo largo de nuestras vidas hay un factor constante, ése está relacionado con el cambio continuo: vamos creciendo y van cambiando nuestras necesidades, como también las de nuestra pareja y las de nuestros hijos; evoluciona asimismo nuestro entorno y sus exigencias; aparecen problemas y dificultades, y lo que ayer estaba bien, hoy es insuficiente. Por ello es necesario un esfuerzo constante de adaptación a una realidad cambiante. En el contexto de nuestra relación de pareja, el inicio de la convivencia no se debe confundir con la llegada a la meta, sino con la línea de salida de una carrera de obstáculos, donde la mejor habilidad es la comunicación y la mejor estrategia la cooperación.

Pero eso no es fácil. Con los años, hemos ido desarrollando un estilo peculiar pero eficaz en la solución de problemas: sabemos lo que queremos y qué hemos de hacer para conseguirlo. El error está en olvidarnos de que somos dos, que si no tenemos en cuenta las necesidades de la pareja y su forma de resolver problemas nos pasará lo que ya vaticinó Oscar Wilde: “con la mejor de las intenciones se causan los peores desastres”.

Inmersos en el doloroso sentimiento de la insatisfacción, atendiendo a los numerosos errores que comete nuestra pareja, desde la conciencia de que somos las víctimas y que es el cónyuge el que debe cambiar, suele pasarse por alto una de las leyes fundamentales en las relaciones humanas: para recibir, primero hay que dar.

Si eso es lo que hacemos habitualmente con nuestros amigos, ¿por qué nos negamos a hacerlo con nuestra pareja cuando las cosas van mal? Cuando somos capaces de expresar nuestro afecto y hacer sentir al cónyuge que nos importa, estamos creando las mejores condiciones para que escuche nuestras quejas y nuestro dolor, y para que nos ayude a ser más dichosos.

Fuente: Revista Consumer

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